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Noticias de interés para sacerdotes y cristianos en general.

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miércoles, 7 de mayo de 2008

Nuevos nombramientos en la Diócesis de Jaén


Hoy, 6 de mayo, la Secretaría General del Obispado nos hace llegar los últimos nombramientos realizados por el Sr. Obispo de la Diócesis, D. Ramón del Hoyo López.

- D. Antonio Robles Gómez cesa como Párroco de la Natividad de Ntra. Sra. de Fuerte del Rey (25-03-2008)

- D. José María Saeta Fernández es nombrado Administrador Parroquial de la Natividad de Ntra. Sra. de Fuerte del Rey (25-03-2008)

- Dª Ángeles Calvo Rodríguez cesa como Presidenta del Movimiento de Vida Ascendente de Jaén (15-04-2008)

- Dª María Dolores Núñez García es nombrada Presidenta del Movimiento de Vida Ascendente de Jaén (15-04-2008)

- D. Antonio Cobo Pulido cesa como Vicario Parroquial de la Santa Cruz de Pegalajar y es nombrado Capellán de la Clínica Geriátrica "La Inmaculada" de Jaén (24-04-2008)

- D. Jesús García de Leaniz y Rigó, S.J. es nombrado miembro del Consejo del Presbiterio como representante de los presbíteros no incardinados en la Diócesis pero residentes en ella y sin oficio pastoral encomendado por el Sr. Obispo (02-05-2008).

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VICARÍA DE COMUNICACIÓN

oficinadeprensa@diocesisdejaen.es
Tfno: 953.23.00.36

martes, 1 de abril de 2008

Discurso de Sarkozy al ser investido canónigo de San Juan de Letrán

Francia necesita católicos convencidos que no teman afirmar lo que son

Nicolás Sarkozy

Extracto del discurso pronunciado en San Juan de Letrán, Roma, de la que es canónigo como Presidente de la República Francesa, el 20 de diciembre de 2007

Al venir esta tarde a San Juan de Letrán y aceptar el título de canónigo de esta basílica, conferido por primera vez a Enrique IV y transmitido desde entonces a casi todos los jefes de Estado franceses, asumo plenamente el pasado de Francia y ese lazo tan particular que durante tanto tiempo ha unido a nuestra nación con la Iglesia.

Fue con el bautismo de Clodoveo como Francia se convirtió en hija primogénita de la Iglesia. Esos son los hechos. Al hacer de Clodoveo el primer soberano cristiano, este acontecimiento tuvo consecuencias importantes para el destino de Francia y para la cristianización de Europa. En múltiples ocasiones después, a lo largo de su historia, los soberanos franceses tuvieron ocasión de manifestar la profundidad del vínculo que les ligaba a la iglesia y a los sucesores de Pedro. Tal fue el caso de la conquista por Pipino el Breve de los primeros estados pontificios o de la creación ante el Papa de nuestra más antigua representación diplomática.

Mas allá de los hechos históricos, si Francia mantiene con la sede apostólica una relación tan particular es sobre todo porque la fe cristiana ha penetrado en profundidad la sociedad francesa, su cultura, sus paisajes, su forma de vivir, su arquitectura, su literatura. Las raíces de Francia son esencialmente cristianas. Y Francia ha aportado a la irradiación del cristianismo una contribución excepcional. Contribución espiritual y moral por la fuerza de santos y santas de universal alcance: San Bernardo de Claraval, San Luis, San Vicente de Paul, Santa Bernadette de Lourdes, Santa Teresa de Lisieux… Contribución literaria y artística: de Couperin a Peguy, de Claudel a Bernanos, Vierne, Poulen, Duruflé, Mauriac o Messiaen. Contribución intelectual, tan cara a Benedicto XVI: Pascal, Bossuet, Maritain, Mounier, Lubac, Girard… Permítaseme también mencionar la aportación determinante de Francia a la arqueología bíblica y eclesial, aquí en Roma, pero también en Tierra Santa, así como a la exégesis bíblica, en particular con la escuela bíblica y arqueológica francesa de Jerusalén.

Las raíces cristianas de Francia son también visibles en esos símbolos que son los establecimientos píos, la misa anual de Santa Lucía y la de la capilla de Santa Petronila. Y luego está además, por supuesto, esta tradición que hace del presidente de la republica francesa, canónigo de honor de San Juan de Letrán. Esto no es cualquier cosa: es la catedral del Papa, es la «cabeza y madre de todas las iglesias de Roma y del mundo», es una iglesia inscrita en el corazón de los romanos. Que Francia esté unida a la iglesia católica por este título simbólico, es la huella de esta historia común donde el cristianismo ha contado mucho para Francia y Francia ha contado mucho para el cristianismo. Y es así como, con toda naturalidad, he venido yo, como antes el general de Gaulle, Giscard d' Estaing y más recientemente Jacques Chirac, a inscribirme felizmente en esta tradición.

Tanto como el bautismo de Clodoveo, la laicidad es igualmente un hecho incontestable en nuestro país. Conozco bien los sufrimientos que su ejecución provocó en Francia entre los católicos, entre los sacerdotes, entre las congregaciones, antes de 1905. Sé también que la interpretación de aquella ley de 1905 como un texto de libertad, de tolerancia y de neutralidad es en parte una reconstrucción retrospectiva del pasado. Fue sobre todo por su sacrificio en las trincheras de la Gran Guerra, compartiendo los sufrimientos de sus conciudadanos, como los sacerdotes y religiosos de Francia desarmaron al anticlericalismo, y fue su inteligencia común lo que permitió a Francia y a la Santa Sede superar sus querellas y restablecer sus relaciones.

Nadie cuestiona ya que el régimen francés de laicidad es hoy una libertad: libertad de creer o no creer, de practicar una religión y de cambiarla por otra, de no ser afectado en su conciencia por prácticas ostentatorias, libertad para los padres de hacer que se dé a sus hijos una educación conforme a sus convicciones, libertad de no ser discriminado por la administración en función de las propias creencias.

Francia ha cambiado mucho. Los franceses tienen convicciones más diversas que antes. A partir de ahí la laicidad se ha afirmado como una necesidad y una oportunidad. Se ha convertido en una condición de la paz civil. Y por eso el pueblo francés ha sido tan ardiente para defender la libertad escolar como para desear la prohibición de signos ostentatorios en la escuela. Siendo así, la laicidad no podría ser la negación del pasado. La laicidad no puede cortarle a Francia sus raíces cristianas. Ha intentado hacerlo; no habría debido. Como Benedicto XVI, yo considero que una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia, comete un crimen contra su cultura, contra esa mezcla de historia, patrimonio, arte y tradiciones populares que impregnan tan profundamente nuestra manera de vivir y de pensar. Arrancar la raíz es perder la significación, es debilitar el cimiento de la identidad nacional y secar aún más las relaciones sociales, que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria.

Por eso debemos mantener juntos los dos extremos de la cadena: asumir las raíces cristianas de Francia e incluso revalorizarlas, sin dejar de defender una laicidad que al fin ha llegado a su madurez. Ese es el sentido de mi presencia en San Juan de Letrán.

Ha llegado el tiempo de que, en un mismo espíritu, las religiones, y en particular la católica, que es nuestra religión mayoritaria, y todas las fuerzas vivas de la nación miren juntas a los desafíos del futuro y no sólo a las heridas del pasado. Comparto el juicio del Papa cuando considera, en su última encíclica, que la esperanza es una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo. Desde el Siglo de las Luces, Europa ha experimentado muchas ideologías. Ha puesto sucesivamente sus esperanzas en la emancipación de los individuos, en la democracia, en el progreso técnico, en la mejora de las condiciones económicas y sociales, en la moral laica. Se extravió gravemente en el comunismo y en el nazismo. Ninguna de estas diferentes perspectivas –que evidentemente no pongo en el mismo plano– ha estado en condiciones de satisfacer la necesidad profunda de hombres y mujeres de encontrar un sentido a la existencia.

Por supuesto, fundar una familia, contribuir a la investigación científica, enseñar, combatir por ideas, en particular si son las de la dignidad humana, dirigir un país, todo eso podría dar sentido a una vida. Esas son las pequeñas y grandes esperanzas «que día a día nos mantienen en camino», para retomar los propios términos de la encíclica del Santo Padre. Pero ellas no responden por sí mismas a las preguntas fundamentales del ser humano sobre el sentido de la vida y el misterio de la muerte. No saben explicar lo que pasa antes de la vida y lo que pasa después de la muerte. Estas preguntas se las han hecho todas las civilizaciones en todos los tiempos. No han perdido ni un ápice de su pertinencia. Al contrario. Las facilidades materiales cada vez mayores de los países desarrollados, el frenesí del consumo, la acumulación de bienes, subrayan cada día más la aspiración profunda de las mujeres y los hombres a una dimensión que les supere, porque esa aspiración nunca ha estado menos satisfecha que hoy. "Cuando las esperanzas se realizan –prosigue Benedicto XVI– se revela claramente que en realidad eso no es todo. Parece evidente que el hombre tiene necesidad de una esperanza que vaya más allá. Parece evidente que sólo puede bastarle algo infinito, algo que siempre será lo que él nunca podrá alcanzar. […] si no podemos esperar más que lo accesible, ni más que lo que podamos aguardar de las autoridades políticas y económicas, nuestra vida se reducirá a una vida privada de esperanza». O también, como escribía Heráclito, «si no esperamos lo inesperable, no lo reconoceremos cuando llegue».

Mi convicción profunda, de la que he hablado sobre todo en el libro de entrevistas que publiqué sobre la República, las religiones y la esperanza, es que la frontera entre la fe y la no-creencia no está y nunca estará entre quienes creen y quienes no creen, porque en realidad pasa a través de cada uno de nosotros. Incluso quien afirma no creer, no puede negar que se hace preguntas sobre lo esencial. El hecho espiritual es la tendencia natural de todos los hombres a buscar una trascendencia. El hecho religioso es la respuesta de las religiones a esta aspiración fundamental.

Ahora bien, durante mucho tiempo la república laica subestimó la importancia de la aspiración espiritual. Incluso tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Francia y la Santa Sede, se mostró más desconfiada que benevolente respecto a los cultos. Cada vez que dio un paso hacia las religiones, ya se tratara del reconocimiento de las asociaciones diocesanas, de la cuestión escolar, de las congregaciones, dio la impresión de que actuaba así porque no podía hacerlo de otro modo. Hasta 2002 no aceptó el principio de un diálogo institucional regular con la Iglesia Católica. Que se me permita recordar también las virulentas críticas de que fui objeto por la creación del consejo francés del culto musulmán. Aún hoy, la Republica mantiene a las congregaciones bajo una forma de tutela, rehúsa reconocer carácter cultual a la acción caritativa o a los medios de comunicación de las iglesias, de mala gana reconoce el valor de los títulos otorgados por los establecimientos de enseñanza superior católicos (aunque la convención de Bolonia los prevé), ni concede ningún valor a los diplomas de teología. Creo que esta situación es dañina para nuestro país. Por supuesto, los que no creen deben ser protegidos de toda forma de intolerancia y de proselitismo. Pero un hombre que cree, es un hombre que espera. Y el interés de la República es que haya muchos hombres y mujeres que esperan. La desafección progresiva de las parroquias rurales, el desierto espiritual de los barrios periféricos, la desaparición de los patronazgos y la carestía de sacerdotes no han hecho más felices a los franceses. Es una evidencia.

Y además quiero decir que, si incontestablemente existe una moral humana independiente de la moral religiosa, sin embargo la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas. Primero, porque la moral laica siempre corre el riesgo de agotarse o de derivar hacia el fanatismo cuando no va vinculada a una esperanza que llene la aspiración a lo infinito. Y además, porque una moral desprovista de lazos con la trascendencia está mucho más expuesta a las contingencias históricas y finalmente a la fragilidad. Como escribió Joseph Ratzinger en su obra sobre Europa, «el principio hoy en curso es que la capacidad del hombre sea la medida de su acción. Lo que se sabe hacer, se puede hacer». Pero al final el peligro es que el criterio de la ética ya no sea intentar hacer lo que se debe hacer, sino hacer todo aquello que sea posible hacer. Es una enorme cuestión.

En la República laica, un político como yo no puede decidir en función de consideraciones religiosas. Pero es importante que su reflexión y su conciencia estén iluminadas sobre todo por juicios que hacen referencia a normas y convicciones libres de contingencias inmediatas. Todas las inteligencias, todas las espiritualidades que existen en nuestro país deben tomar parte en ello. Seremos más sabios si conjugamos la riqueza de nuestras diferentes tradiciones.

Por eso voto por el advenimiento de una laicidad positiva, es decir una laicidad que, siempre velando por la libertad de pensar, de creer y no creer, no considere que las religiones son un peligro, sino que son un valor. No se trata de modificar los grandes equilibrios de la ley de 1905: ni los franceses lo desean, ni las religiones lo piden. Al contrario, se trata de buscar el diálogo con las grandes religiones de Francia y de tener como principio el facilitar la vida cotidiana de las grandes corrientes espirituales, en vez de complicársela.

Para terminar mis palabras quisiera dirigirme a aquellos de ustedes que se hallan comprometidos en las congregaciones, en la curia, en el sacerdocio y en el episcopado o que actualmente siguen su formación de seminarista. Simplemente querría comunicarles los sentimientos que me inspira su opción de vida. […] Lo que quiero decirles como presidente de la República, es la importancia que otorgo a lo que ustedes hacen y a lo que ustedes son. Su contribución a la acción caritativa, a la defensa de los derechos del hombre y de la dignidad humana, al diálogo interreligioso, a la formación de las inteligencias y de los corazones, a la reflexión ética y filosófica, es de primera importancia. Arraiga en lo más profundo de la sociedad francesa, en una diversidad frecuentemente insospechada, igual que se despliega a través del mundo. […] Al dar en Francia y en el mundo este testimonio de una vida entregada a los otros y llena de la experiencia de Dios, crean ustedes esperanza y hacen ustedes que crezcan los sentimientos más nobles. Es una suerte para nuestro país, y yo, como presidente, lo considero con mucha atención. En la transmisión de los valores y en el aprendizaje entre el bien y el mal, el profesor nunca podrá sustituir al pastor o al cura, porque siempre le faltará la radicalidad del sacrificio de su vida y el carisma de un compromiso transportado por la esperanza. […]

En este mundo paradójico, obsesionado por el confort material y que al mismo tiempo busca cada vez más el sentido y la identidad, Francia necesita católicos convencidos que no teman afirmar lo que son y en lo que creen. La campaña electoral del 2007 ha demostrado que los franceses tenían ganas de política a poco que se les propusiera ideas, proyectos, ambiciones. Mi convicción es que también esperan espiritualidad, valores, esperanza. […]

Francia necesita creer de nuevo que no va a sufrir el futuro, porque va a construirlo. Por eso necesita el testimonio de aquellos que, impulsados por una esperanza que les trasciende, todas las mañanas se ponen en camino para construir un mundo más justo y más generoso.

Esta mañana he ofrecido al Santo Padre dos ediciones originales de Bernanos. Permítanme concluir con Él: «el futuro es algo que se supera. No se sufre el futuro, se hace. […]. El optimismo es una falsa esperanza para uso de cobardes […]. La esperanza es una virtud, una determinación heroica del alma. La más alta forma de esperanza es la desesperanza superada». ¡Qué bien comprendo el gusto del Papa por ese gran escritor que es Bernanos!

Donde quiera que ustedes actúen, en los barrios, en las instituciones, cerca de los jóvenes, en el diálogo interreligioso, yo les apoyaré. Francia tiene necesidad de su generosidad, de su coraje, de su esperanza.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El vicario general de Córdoba, Mario Iceta, nuevo obispo auxiliar de Bilbao



El sacerdote Mario Iceta Gavicagogeascoaha sido nombrado Obispo Auxiliar de Bilbao
Es en la actualidad el Vicario General de la diócesis de Córdoba El Papa ha aceptado la renuncia de Mons. D. Carmelo Echenagusía Uribe
Madrid, 05 de febrero de 2007


La Nunciatura Apostólica en España comunica a la Conferencia Episcopal Española (CEE) que a las 12,00 horas de hoy, martes 5 defebrero, la Santa Sede ha hecho público que el Papa Benedicto XVI ha aceptado la renuncia presentada por Mons. D. Carmelo Echenagusía Uribe, conforme a los cánones 411 y 401 (párrafo 1) del Código de Derecho Canónico. El Santo Padre ha nombrado Obispo Auxiliar de la Diócesis de Bilbao a D. Mario Iceta Gavicagogeascoa, en la actualidad Vicario General de la diócesis de Córdoba, asignándole la sede titular de Álava.
Nació en Bilbao en 1965
D. Mario Iceta Gavicagogeascoa nació en Gernika (Vizcaya), diócesis de Bilbao, el 21 de marzo de 1965. Cursó sus estudios de Teología, primero en la Universidad de Navarra y posteriormente en el Seminario diocesano de Córdoba. El 16 de julio de 1994 fue ordenado sacerdote en la Catedral de Córdoba, diócesis donde se incardinó.Especialista en BioéticaEs Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es, así mismo, Doctor en Teología por el Pontificio Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una Tesis sobre Moral fundamental. Es también Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 1994. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada bioética y Ciencias de la Salud (1993).
En la diócesis de Córdoba ha desempeñado diversos cargos pastorales como párroco, Vicario Episcopal y Canónigo penitenciario. En el campo docente ha sido profesor de Religión en Educación secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (2004-2006); profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis desde 2002 hasta la actualidad.
Actualmente desempeña el cargo de Vicario general de la diócesis y Moderador de la Curia (2007) y Capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Córdoba, así como Canónigo arcediano-ecónomo de la Santa Iglesia Catedral (2007). En razón e su cargo como canónigo arcediano, es Patrono por el grupo fundacional, Miembro del Consejo de Administración y presidente de la Comisión de Inversiones de CajaSur desde julio de 2005.
Mons. D. Carmelo Echenagusía, obispo auxiliar de Bilbao desde 1995Mons. D.Carmelo Echenagusía nació en Iurreta (Bizkaia), el 24 de abril de 1932. Fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1955. Nombrado obispo auxiliar el 8 de septiembre de 1995, recibió la ordenación episcopal el 9 de noviembre de 1995. Es licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia Comillas. Fue formador y profesor en los Seminarios Menor y Mayor de Bilbao; Canciller y Vicario General del Obispado de Bilbao y párroco de Santa María de Begoña. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia y Migraciones, siendo en esta última el Obispo Promotor de la Pastoral de la Carretera.